domingo, 26 de marzo de 2017
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La esperanza de vivir consecuentemente en la fe nunca es mérito nuestro y es bueno recordarlo ¿Por qué? Escuchemos: al celebrar un año más la santa Cuaresma concédenos, Dios Todopodeeroso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en plenitud (Oración Colecta).
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 03/03/2017

Unimos la gracia que se nos concede y la disposición nuestra a caminar sin perder de vista el misterio de Cristo: su muerte y su resurrección. Esto supone, de entrada, que nos encontramos ante una opción que debe superar la normalidad y, además, hacer surgir en el corazón una esperanza. Así debemos entender que el Camino. Jesús, nos antecede y, a la vez, su enseñanza marca no cualquier respuesta sino la única verdadera: devuélveme la alegría de tu salvación; afiánzame con espíritu generoso: Señor, me abrirás lo ojos y mi boca proclamará tu alabanza (Salmo 50). Creer que esa es la respuesta única, la que el Señor nos concede generosamente y que, por otro lado, define nuestro camino, es salir de lo acostumbrado y entrar dentro de nosotros mismos y meditar que nuestros caminos han de ser los mismos que los de Jesús en el desierto.

            Hablar de desierto no entra en nuestros moldes ni en la inteligencia y menos en el modo de vivir. Es más posible para los aventureros y para los locos a los que no les imporra traspasar una arenas…y seguro que a nosotros no nos va. Y ¿qué pasa si hoy se nos ponga delante el ejemplo de Jesús en el desierto? Por un lado, algo habitual porque comienza la Cuaresma con un lenguaje de tira y afloja: son palabras del tentador y siguen las respuestas totales de quien va a ser el Salvador del mundo. El fondo del diálogo es muy serio: allí, en el desierto, ocurre algo misterioso y radical y que termina en luz de quienes, entonces y en el futuro, se quieran introducirsej en el camino de Cristo, el cual, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal, y al rechazar las tentaciones del enemigo, nos enseñó a “sofocar la fuerza del pecado”.

            El desierto no desaparece nunca para el cristiano, es el camino diario donde tiene lugar la necesaria definición de la vida y la oportunidad de una purificación que afecta no solamente a las dificultades en el camino del desierto de cada día. Está en juego el ámbito interior de cada uno de nosotros donde el placer, el éxito y el poder nos atraen y nos pueden engañar hasta el punto de ofrecernos senderos más fáciles que, al fin y al cabo, nos atraen y nos engañan. Más o menos, el equipaje del engaño, la ley del menor esfuerzo o el miedo a entrar en el fondo del seguimiento de Cristo nos hacen una parada, desgraciadamente peligrosa, que nos sitúa más lejos de la meta y del ejemplo del Maestro. Necesitamos una prueba del desierto, necesitamos encararnos con la Verdad para descubrir que solo hay un Camino y que la llamada que se nos hace es gracia que se nos concede. Lo del desierto no se separa de lo del paraíso que no es tanto tentación sino más bien lugar de prueba a la obediencia.

            Para los cristianos es bastante normal pensar en un paraíso posible, en una tranquilidad a nuestra medida y alejada de cualquier dificultad pero también hay que enfrentarse a un moverse en la vida sin caer en la cuenta que nuestro caminar no va solo en dirección ajustada a nuestros criterios sino que es necesario estar precavidos. Dios no nos lanza ningún obstáculo para que perdamos nuestra fe en Él pero también debemos hacer frente a lo que puede llevarnos a una dirección equivocada en nuestra vida. La seguridad en el bien  no la podemos alcanzar por nuestra cuenta ni la podemos exponer  a cualquier oportunidad creyéndonos capaces de superar todos los peligros.

            Todo camino en la vida y, más cuando se tiene delante un ejemplo que es Redención y Salvación, debe primar la presencia de Cristo con cuyo ejemplo en el desierto nos indica como supremo y único valor absoluto a Dios que nos devuelve la alegría de la salvación, que nos afianza con espíritu generoso. Iniciar el camino de la Cuaresma con la mirada puesta en Jesús que nos enseña desde su propio ejemplo cómo se debe orientar la vida cristiana es encontrar el verdadero camino en la fidelidad. Somos sus seguidores y, consiguientemente, necesitamos tener siempre presente que sólo el camino del Maestro es la verdadera luz en nuestro camino.

NUESTRA REALIDAD

            Estamos ya en Cuaresma y es bueno entrar en el camino de Cristo que, en su momento, subirá a Jerusalén y allí será crucificado. Mientras tanto, recordemos: por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación. San Pablo nos enseña de esa manera la obediencia de Jesús, su fidelidad a la historia, su entrega sin límites… ¿Qué respuesta puede suscitar en nosotros? En el fondo, es una gran luz para que nosotros vivamos en la certeza de la verdad que nos salva de cualquier tipo de tentación para poder mirar con ojos nuevos el camino de la vida.

            La tentación es múltiple en nosotros pero en nuestra debilidad es necesario llegar a Cristo, dejarnos mirar por su amor y no encontrarnos nunca solos. En nuestra limitación en todos los sentidos, una cosa es clara: el Señor comenzó la obra en nosotros y la lleva hasta el final.        

EXAMEN y ORACIÓN

            Deberíamos preguntarnos y más, hoy, si queremos encontrar respuestas coherentes en Dios. No se trata de una escena sin más, que, al ser repetida cada año, no pasa  de algo ya sabido; ocurre  que prestamos poca atención al diálogo del evangelio de hoy porque esto nos llevaría a dejarnos marcar nuestra historia personal desde la Palabra y así dar sentido verdadero al vivir teniendo en cuenta lo que escuchamos: el hombre vive de la palabra que sale de la boca de Dios; no tentarás al Señor, tu Dios; al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.

            Estas palabras de Jesús no son únicamente para la respuesta que da al tentador; son palabras que deben llegar a nuestro interior y verificar hasta qué punto nuestras personas necesitamos tenerlas siempre presentes ya que lo que está siempre como prueba en la tentación queda totalmente borrado desde Dios y ahí está precisamente la respuesta que inaugura un itinerario que desemboca necesariamente en la Pascua.

            Todos llevamos un desierto dentro de vosotros y a veces la vida nos lleva a él: los desajustes que tenemos a nivel personal y de aquellos que encontramos en los demás. Nos hará  falta siempre una valoración interna para dar valor y verdad a las decisiones que tomemos y que necesitan, por supuesto, la cercanía de Dios: al celebrar un año más la santa Cuaresma concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en plenitud (Oración colecta).

CONTEMPLACIÓN

            ¿Qué dirás si el diablo te tienta diciéndote: si tu fueses cristiano harías milagros como muchos cristianos lo hicieron? Engañado por esta perversa sugerencia, serías capaz de tentar al Señor tu Dios diciéndole: «si soy cristiano, si lo soy ante tus ojos y me cuentas en el número de los tuyos, concédeme hacer algo semejante a lo que hicieron los santos». Has tentado, pensando que no eres cristiano si no haces tales cosas… ¿Qué debes, pues, responder para no tentar a Dios, si el diablo te tienta diciéndote: «haz milagros»? Responde lo mismo que el Señor. El diablo le dijo: «Arrójate al suelo, porque está escrito que él ha mandado a sus ángeles que se ocupen de ti, qu te tomen en sus manos, para que tu pie no tropiece en la piedra». Si te tiras, los ángeles te recogerán.

            Podía suceder asi, hermanos, de forma que el Señor se hubiese arrojado, los ángeles le hubiesen recogido devotamente en carne. Pero ¿qué respondió? «Está escrito también: No tentarás al Señor tu Dios». Tú me crees un hombre. Para eso precisamente se había acercado el diablo, para probar si era o no el Hijo de Dios. Él veía solo lña carne, pero su majestad la manifestaban sus obras (san Agustín en Comentario al salmo 9º, II, 6-7).

ACCIÓN.- Repitamos muchas veces: Misericordia, Señor, hemos pecado.
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