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El tiempo sigue su camino y nosotros también. Sin embargo, el tiempo sigue su camino y nosotros no podemos vivir al aire que aparece ante las situaciones de todo calibre y, de una manera especial, cuando nos debemos enfrentar a algo importante o fundamental.
Luciano Audisio - 02/12/2017

En esta hora de nuestra vida nos encontramos con un año que pronto desaparece y con un mañana al cual debemos enfrentarnos. Nos preocupa el futuro y tenemos que enfrentarnos a él, so pena de vivir en un pleno despiste.

         Y la fe ¿qué nos plantea en este momento? De hecho, como cristianos, caeremos en la cuenta de una Navidad que está cerca y que, antes, hay un Adviento que nos despierta y nos avisa de algo maravilloso que requiere atención, ilusión y, sobre todo, fe. Mientras tanto, se nos pide atención: Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa y mira que somos tu pueblo (Isaías 64, 8); Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. ¡Y Él es fiel! (1 Corintios 1, 9) y Mirad, vigilad, pues no sabéis cuál es el momento (Marcos 13, 33). En una atención de fe nos encontramos ante una experiencia creyente y vivencial de la misericordia de Dios: No nos alejaremos de ti; danos vida para que invoquemos tu nombre (salmo 79, 19).

         Lo importante es que estas lecturas nos invitan a vivir como testigos de la esperanza. Es hablar de un cielo nuevo y una tierra nueva, que deben comenzar de algún modo en la tierra, para poder entregarle al Padre, en el último día, la ofrenda de un mundo purificado y renovado. En la Iglesia están las primicias de ese Reino y, nosotros, que somos Iglesia, debemos realizar nuestra vocación de constructores de esa nueva realidad.

         De una manera particular, tenemos que hablar del Encuentro de toda la Iglesia, de todos nosotros, con Jesús como juez, amigo y esposo. Él viene para llevarnos a donde estaba antes; Él viene para llevarnos a ese lugar del que él mismo dijo que tiene muchas moradas que él va a preparar después de su resurrección. El encuentro es universal ya que esa creación que clamaba con dolores de parto esperando ver la redención, ha logrado su esperanza. Los gritos de la creación y de los hombres han  cesado y se eleva un canto de alabanza. El encuentro es universal. La Iglesia se siente gozosa de ver a su Esposo. El sol desaparece porque ahora el Señor ilumina todo. Los justos de todos los pueblos se regocijan porque la búsqueda de la verdad ha llegado a su término y ven a Dios cara a cara. El mal y la muerte son vencidas y los que sirvieron a Jesús en los pobres, aun sin conocerlo, verán el triunfo de la justicia de Dios. Mientras tanto, una exigencia. “vigilad, velad”. El desconocimiento del “día y de la hora” reclama con urgencia vigilar para que “aquel día” nos encuentre preparados. Por eso, todos los que creemos necesitamos reforzar la incertidumbre del momento, “no sea que venga el Señor y nos encuentre dormidos”.

RESPUESTA desde NUESTRA REALIDAD

         Si leemos lo que nos dice el apóstol Pablo en su epístola de hoy (I Corintios 1, 3-9) descubrimos una maravilla: habéis sido enriquecidos en todo;  no carecéis de ningún don; Él os mantendrá firmes hasta el final. Ante esta seguridad que tenemos después de lo que se nos presenta no se puede seguir en un estado medio; es necesario limpiar el corazón y dar un margen total a la gracia constante que se nos concede para que nosotros vivamos firmes hasta el final. Esta seguridad no es alcance nuestro, es respuesta a la gracia que se nos concede y que conlleva la garantía del amor de Dios. Y, para nuestra seguridad, Dios os llamó  a participar en la vida de  su Hijo, Jesucristo.

ORACION

            Concede a tus fieles, Dios todopoderoso, el deseo de salir acompañados de buenas obras al encuentro de Cristo que viene, para que, colocados a su derecha, merezcan poseer el reino de los cielos. Por H. N. S. Amén.            

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

            Aquí viene bien lo que está escrito en el evangelkio de Marcos: “vigilad, pues, ya que no sabéis cuando vendrá el Señor… Y lo que os digo a vosotros, a todos os lo digo: vigilad”. ¿Por quién «todos», sino por sus elegidos y amados pertenecientes a su cuerpo, la Iglesia? No se dirigía solo a los que entonces le escucharon, sino también a los que vinieron luego, a nosotros mismos, y a los que llegarán después de nosotros, hasta el tiempo de su última venida. ¿Acaso aquél día nos encontrará a todos en esta vida? ¿O dirá alguno que también se refería a los muertos al decir: «Vigilad, no sea que venga de repente y os encuentres dormidos?». ¿Por qué sé dirige a todos, si tan solo atañe a los que vivirán en ese último día, sino porque, en el sentido que acabo de expresar, atañe a todos? … Los apóstoles sabían por lo menos que el Señor no vendría en su tiempo, mientras vivieran en carne. ¿Y quien duda de que se distinguieron  vigilando y guardando lo que dijo a todos, para que, si el Señor venía de repente, no los hallase desapercibidos?  (san Agustín en la carta 199, I 3; XIII 52-54)

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