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En el camino de Adviento, camino de sospresa y de esperanza, surgen desde la Palabra de Dios, dos realidades hermosas: el mensajero que prepara el camino y el Señor que viene.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 07/12/2017

La alianza de salvación que Dios había sellado con el pueblo se cumple definitivamente con la llegada de Jesús, Mesías, Hijo de Dios. Juan, «voz que clama en el desierto», es quien lo anuncia. La misión de Jesús es obra del plan salvador de Dios.

         Ante esta realidad, estamos en una era nueva que es el consuelo de Dios y el tiempo de la esperanza. Es cierto que el análisis de la realidad nos lleva siempre a cargar el acento en lo negativo y es que no llegamos al examen de nosotros mismos para descubrir lo que a nosotros nos ata, nos preocupa y hasta nos enloquece. Olvidamos la enseñanza del salmo responsorial: «la salvación está cerca de los fieles y la gloria habitará en nuestra tierra». Hay muchos afanes que nos impiden anunciar que nuestra tarea en la vida consiste en anunciar la venida del Señor y clamar que el Señor trae la salvación y que su venida necesita preparación personal y de toda la humanidad. Basta creer que: Mirad: Dios, llega con su fuerza, su brazo domina. Mirad: le acompaña el salario, la recompensa le precede. Y, aquí, una pregunta: ¿necesitamos al Señor? El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos, Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosostros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.

         Esta afirmación del apóstol Pedro nos plantea el camino del Mesías como neuva creación de Dios; la belleza de los cielos nuevos y de la tierra nueva está en la justicia que habrá en ellos, es decir, en el cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios, El Adviento es siempre invitación a mirar hacia el horizonte, es como un mensaje que nos lanza a tener esperanza y a no temer las situaciones en las que nos podemos encontrar y las cuales, tantas veces, nos privan de alzar la cabeza porque viene vuestra liberación: el cielo nuevo y la tierra nueva. En medio de la realidad concreta que vivimos en este mundo, la Palabra de Dios nos invita a esperar no cualquier cosa sino a esperar a un Dios que nos ama infinitamente y que nos promete una realidad reconciliada y transformada: ahí está la expresión viva de los hijos de Dios que han entrado en el camino de la verdad y ponen delante de sus ojos y de su corazón al Hijo de Dios que viene. Es como sentirse en otro nivel: en la certeza de Dios que siempre está con nosotros y nos señala el camino que conduce a la verdadera felicidad.

         El Adviento tiene un clamor constante de esperanza, una seguridad en la acción de Dios que manifiesta su amor y que nos compremete a preparar el camino: llegará el Señor y nos ofrecerá la salvación. De hecho la esperanza conlleva el vivir con la atención total hasta que llegue el Hijo de Dios. Para recibirle, hay que preparar un corazón limpio y que se lo reciba con amor; nos ilumará el camino advirtiéndonos de las dificultades y de los miedos para que eliminemos todo lo malo que hay en nuestro camino y Él tratará de enderezar lo torcido

RESPUESTA desde NUESTRA REALIDAD

         Tal vez, no estamos muy preparados para vivir y hasta gozar el Adviento, cuando en verdad es un tiempo que, en su sencillez, nos propicia un presente, aparentemente no con mucho ruido y que casi nunca nos llama la atención, cuando en verdad es un tiempo en el que suena mejor el silencio. Aunque aparentemente no se percibe la grandeza del Señor que ha de llegar, se nos muestra de la manera más sencilla y viva el anuncio de la Redención de la humanidad. Lo importante es que tengamos en cuenta lo que dice el apóstol Pedro: mientras esperáis estos acontecimientos procurad que Dios os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables. El amor misericordioso de Dios se hace realidad siempre que nosotros, desde la humildad, sintamos su necesidad y su bendición.

ORACION

         Te pedimos, Señor, por la participación en este sacramento, que nos enseñes a sopesar con sabiduría los bienes de la tierra y amar intensamente los del cielo. P.J.N.S.

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

            «El Señor es compasivo y benevolente, magnánimo y lleno de misericordia». ¿Quién hay magnánimo como Él? ¿Quién más misericordioso? Pecamos y vivimos; acumulamos pecados y se nos prolonga la vida; se blasfema contra Él a diario y hace salir el sol a buenos y malos. No cesa de llamar a la corrección, no cesa de invitar a la penitencia; a la criatura la llama mediante sus dones, otorgándole el tiempo de vida; la llama mediante el lector, mediante el predicador: la llama mediante una inspiración interior; la llama sirviéndose del azote de la corrección y de la misericordia del consuelo. «Es magnánimo y lleno de misericordia». (san Agustín en el comentario al salmo 102, 16)

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