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Hoy es el día de experimentar una vez más cómo el sentido de lo eterno es un mensaje al corazón y cómo llega a nosotros desde la fuente misericordiosa de Dios.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 01/06/2017

Pentecostés es un reto para los cristianos en cuanto que éstos ratifican el don que han recibido en el Bautismo y la Confirmación, y se muestran dóciles a la plenitud del Espíritu, con cuya presencia y fuerza deben manifestar y testimoniar que un mismo Dios obra todo en todos. Pentecostés debe ser, especialmente para los cristianos, una llamada a creer en la presencia del Espíritu en su corazón y a sentirlo como el motor de una vida  que tiene como modelo a Cristo. Según san Pablo, el cristiano no recibe al Espíritru Santo en abstracto sino siempre bajo la forma de una aptitud (talento) concreta que debe ponerse a disposición de la Iglesia. Es como una bocanada de aire limpio que purifica y, a la vez, sostiene al cristiano para que su vida rebose y goce de la gracia que recibe. 

         El Espíritu Santo es quien asegura que la vida de Cristo tiene que ser  la vida y la misión del cristiano. Cristo es el único salvador del mundo, la buena nueva para el hombre y la mujer de todo tiempo y lugar, en su búsqueda del significado de la existencia y la verdad de la propia humanidad. Y todos tienen derecho a esta buena nueva; por ello, el discípulo de Cristo tiene el gran deber de ir por doquier a proclamar el mensaje de la salvación de Jesucristo.

         Si meditamos hoy la Palabra de Dios, además de llevarnos a confesar la fe en el Espíritu que se nos ha concedido y de sentirnos amados infinitamente, debe servirnos para actualizar y creer en el Pentecostés diario con el cual el Señor nos llena y fortalece. Al igual que los apóstoles y con la certeza de que el Señor está con nosotros, somos enviados a manifestar que hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Esta llamada del apóstol Pablo, aun contando con nuestra debilidad y pecado, nos recuerda que estamos destinados a estimular un espíritu de común-unión y no solo en la Iglesia sino también en el mundo,

         El don del Espíritu es algo hermoso pero real. De ahí que algo nuevo quiere hoy el Espíritu cuando está entregando a la Iglesia, a todos nosotros, semejante don. El Espíritu irrumpe y confluye en la Iglesia para que ésta ofrezca en cada momento respuestas con clave de testimonio e incluso de admiración por los demás. Las respuestas deben ser expresiones nuestras, expresiones cristianas y reales, que vivan el mensaje de Jesús con audacia y humildad. Ser cristiano conlleva siempre vivir cada momento de la vida con toda la humildad y, también, con toda la verdad de descubrirnos como un solo cuerpo pero donde en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. En un mundo tan  desigual en lo humano, en un ambiente donde el egoísmo y el indiferentismo juegan un papel negativo, la presencia de hombres y mujeres que manifiesten con su vida que son templos de Dios y que el Espíritu en verdad actúa en ellos, hace renacer la esperanza de una sociedad nueva y ocurre, al igual que en el primer Pentecostés, que todos oyen hablar a los cristianos de las maravillas de Dios en la propia lengua.

         El corazón de Dios siempre ama al hombre y continúa acordándose de la obra de sus manos. Y, así, después de muchos siglos de sombras y de dolor, de esclavitud bajo la potestas del demonio, nos llega el Verbo de Dios, su Palabra ahora más próxima que nunca, hecha carne, humanizada en Cristo Jesús. Y, junto a la Palabra, el Espíritu Santo que aletea de nuevo y trasmite otra vez la vida…. Pentecostés, los cincuenta días de la espera, el momento en que el fuego y la luz, el ímpetu del Espíritu sacude a los Apóstoles lanzándoles  valientes y audaces, a predicar el Evangelio de la Cruz, la locura de la Resurección. Y, hoy, una vez más, hemos de comtemplar su fuerza y su dinamismo, sentir en nosotros su acción santificadora y transformadora. La venida del Espíritu Santo a los apóstoles es el don inefable e inaudito que los transformará en atletas de la fe. Fue tal la fuerza y el esplendor de aquella primera Luz que sus resplandores durarán hasta el fin del mundo.

NUESTRA REALIDAD

         Dios ha querido que cada uno de nosotros sienta una bendición propia y especial del Espíritu, como una formulación distinta que provoca en nosotros manifestándose en el silencio y en el amor. Dios ha querido que todos sus hijos tengan su propio don y que desarrolle una peculiar función en la historia humana. Si nuestra respuesta fuera segura y limpia abriríamos un camino en que nos encontráramos siempre en escucha y entonces nuestras personas tendrían una clara valoración para ser fieles a Dios. Por otro lado, necesitamos saber valorar a los demás que están  gozando de la presencia del Espíritu y, entonces el nivel mutuo ofrecería una verdadera expresión de la presencia de Dios y de su obra en nosotros.

         Nos queda todavía una observación: nosotros recordamos y celebramos el primer Pentecostés. Y, el Pentecostés de hoy ¿se realiza en nosotros? ¿Lo vivimos hoy? ¿Somos conscientes de ser testigos desde el Espíritu?  Sería una contradicción no ser consecuentes con la gracia recibida. Sería una contradición no vivir y experimentar Pentecostés en nuestra propia persona y no ser consecuentes con la gracia recibida.

EXAMEN y ORACION

         Estar atentos a la presencia del Espíritu exige silencio y expectativa, un saber recibir en cualquier momento el don que llega al corazón: todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. Todo cristiano debe sentir en su interior la necesidad urgente de que su fe y su vida interior encarnen, sostengan y expresen el Espíritu que está en su corazón; solo así, como cristianos, se puede expresar evangélicamentde el desafío y la urgencia de ser un verdadero testigo de Cristo y caminar con alegría y humildad.

         Cuando hoy alabamos al Señor: Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra, tenemos conciencia plena de la misericordia de Dios y surge inmediatamente nuestra alabanza: Bendice alma mía al Señor, ¡Dios mío, qué grande eres! Se nos hace percibir en la realidad de la naturaleza el soplo del Espíritu, de aquel viento del cual Jesús hablaba a Nicodemo, el que produce nuevo nacimiento, la nueva realidad, aquel que está gimiendo en el mundo y produce la nueva creación.

         Oremos: Oh Dios, que por el misterio de esta fiesta santificas a toda tu Iglesia en medio de los pueblos y de las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y realiza ahora también en el corazón de tus fieles, aquellas maravillas que te dignaste hacer en los comienzos de la predicación evangélica. 

CONTEMPLACIÓN

         De este modo decían ya los apóstoles: «Señor Jesús». Y si lo decían sin fingimiento, confesándolo con su voz, con su  corazón con sus hechos, es decir, si lo decían con verdad, era porque amaban ciertamente. ¿Y cómo podían amar, sino por el Espíritu Santo? Con todo, a ellos se les mandaba amarle y guardar sus mandamientos para recibir al Espíritu Santo, sin cuya presencia en sus almas no podrían amar ni guardar sus mandamientos.

            No queda más que decir que quien ama tiene consigo el Espíritu Santo y que teniéndole, merece tenerle más abundantemente, y que teniéndole con mayor abundancia es más intenso su amor. Los discípulos tenían ya consigo el Espíritu Santo prometido por el Señor, sin el cual no podían llamarle «Señor»; pero no lo tenían aún con la plenitud con  que el Señor prometía. Lo tenían y no lo tenían¸ porque aún  no lo tenían con la plenitud con que debían tenerlo. Lo tenían en pequeña cantidad, y había de serles dado con mayor abundancia. Lo tenían ocultamente,  porque es un don mayor del Espíritu Santo hacer que ellos se diesen  cuenta  de que lo tenían.

            De este don dice el Apóstol: «Nosotros no hemos recibido el Espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, para conocer los dones que Dios nos ha dado». Y el Señor les infundió el Espíritu manifiestamente no una, sino dos veces. Poco después de haber resucitado, dijo soplando sobre ellos: «Recibid el Espíritu Santo»  (san Agustín en los comentarios sobre el evangelio de san Juan 74, 1-2).

ACCIÓN.  Pidamos al Espíritu Santo: Haznos comunidad de amor

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