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La Eucaristía es la “buena gracia” en totalidad y en vida. Para el cristiano es la realidad viviente del Hijo de Dios que, conforme a su anuncio de quedar para siempre como alimento, muestra su realidad divina en la sencillez y en el silencio ofreciéndonos la gracia constante de su presencia que nunca en la vida del creyente.
Fr. Imanol Larrinaga, OAR - 16/06/2017

Un anuncio total: mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida; es la presencia real del Hijo de Dios entre nosotros y que permanece para siempre. Los dos verboñs siguientes desarrollan los efectos del don eucarístico en términos de “habitar” (permanecer) y “vivir”. En primer lugar se nos dice: el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Este habitar o permanecer en Cristo se desarrollará ampliamente en el discurso de la última Cena (Juan  15, 1-17). Se trata, sin duda alguna, de la vida divina comunicada al que comulga. Así se indica a continuación: Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo para el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Estamos ante una realidad que expresa admirablemente la corriente divina de vida que brota del Padre, “que vive” y que ha enviado a Jesucristo. Esta vida del Padre se comunica al Hijo y la corriente divina llega al que comulga.

         El sentido fundamenta de la Palabra esrá en la afirmación repetida de Jesús; Él no ha venido a darnos cosas sino a darse él mismo a la humanidad. Por eso el pan que nos da contiene su propia entrega. Esta misma es la exigencia para sus discípulos, para nosotros: debemos considerarnos como “pan” que hay que repartir, y debemos repartir nuestro pan como si fuésemos Él mismo quien reparte. La gran lección que nos da Jesús es que tenemos que renunciar a poseernos y solo el que no tema perderse encontrará su vida.

         Hacer que toda nuestra propia vida sea “alimento disponible” para los demás, como la de Jesús, repitiendo su gesto con la fuerza de su Espíritu, que es la de su amor, es la ley de la nueva comunidad humana. En ella se experimenta su amor en el amor de los hermanos y se manifiesta el compromiso de entregarse a los demás cómo Él se entregó. Y una consecuencia importante si lo anterior es verdad en nosotros: la nueva sociedad no se producirá por una intervención milagrosa de Dios. El amor de Dios se ha manifestado en Jesús-hombre y ha de seguir manifestándose por medio de los hombres, con su esfuerzo y su dedicaciónda. Jesús expone la condición para crear la sociedad que Dios quiere para el hombre, la única que le permitirá una vida plenamente humana y cumplir el proyecto de Dios sobre la creación: es el amor de todos y cada uno por todos, sin regatear nada. Él nos da la posibilidad de ese amor y de esa vida.

         La Eucaristía es el pan de la vida: Yo soy el pan de vida bajado del cielo, Si uno come de este pan, vivirá para siempre. El pan aparece aquí como bajado del cielo con una alusión al misterio de la Encarnación. La promesa es vivir para siempre. El camino o condición es comer este pan: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Lo que sostiene al hombre es, en último término, la Palabra del Señor (para nosotros encajaría aquí como “la mesa de la Palabra”). Esa palabra produce el maná y todo lo necesario para sostener la existencia, esa palabra que da vida, sobre todo, como una palabra de alianza (“la nueva y eterna alianza”), como se proclama en la celebración de la Eucaristía, en la mesa del Pan. La vida del cristiano depende no solo del alimento sino más aún de la Palabra de Dios, que pronuncia como mandato.

         La experiencia de la fe tiene una inseparable dimensión: se vive y se celebra. Y expresamos esta fe manifestando que la “comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre, Señor, signio del banquete de tu reino, que hemos gustado en nuestra vida mortal, nos llene del gozo eterno de la divinidad” (Postcomunión).Y es que la Eucaristía es el lugar del encuentro existencila con el Hijo de Dios. Comer la carne y beber la sangre de Cristo es apropiarse de su vida, identificarse con su carne y acoger su propia entrega hasta el extremo.

NUESTRA REALIDAD

         A la luz de la Palabra de Dios nos encontramos con un gran misterio:  Dios nos ayuda a recorrer el camino de nuestra vida. Esto nos lleva a pensar que nunca estamos solos y que la presencia del Señor asegura nuestro camino en toda nuestra vida. Sentirnos así amados es para nosotros la fuente de la seguridad que lleva a nuestras personas por el Camino, la Verdad y la Vida No cabe mayor regalo para nosotros, es una bendición total de Dios que nunca nos deja solos y más cuando llevamos a Cristo en nuestro interior.

         Debemos asumir la responsabilidad que nos afecta al encontrarnos llenos de gracia y de fortaleza. Pero ¿hasta qué punto valoramos esta gran verdad y sopesamos nuestro camino con la certeza de llevar al Hijo de Dios dentro de nosotros? Vivamos con fe lo que nos dice el apóstol Pablo: El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos de un mismo pan. Los cristianos, al compartir la copa y el pan de la eucaristía, o santa cena, entramos en comunión con Cristo y somos constituidos en un solo cuerpo.

EXAMEN y ORACION

         Nunca seremos capaces de agradecer totalmente al Señor el misterio de la Eucaristía ya que en definitiva el Señor siempre está presente en ella y actitus de encontranos, de dialogar con nosotros y ayudarnos a la hora de recorrer nuestro camini en la vida. Vivir y celebrar la Eucaristía es el maravilloso don que se concede y que llevar nuestra alma de presencia de Dios en nuestro corazón.

         Celebrar y adorar la Eucaristía nos sitúa en un ámbito donde Dios es siempre realidad y que se nos ofrece como Vida verdadera. El camino de nuestra historia personal tiene siempre la realidad del misterio de Dios que se convierte en alimento de vida eterna. Necesitamos reconocer la presencia real de Dios en nuestra historia personal una vez que Él se convierte en alimento y en nuestra fortaleza. Tal vez, deberíamos plantearnos si tenemos o no hambre del misterio del Amor que está siempre nuestra presencia y nuestra hambre para llenarnos del Pan de la vida.

         La oración de hoy es: Concédenos. Señor, saciuaros del gozo eterno de tu divinidad, anticipado en la recepción actual del precioso Cuerpo y Sangre. Tú que vives y reians por los siglos de los siglos. (Postcomunión).

 CONTEMPLACIÓN

            ¿Qué palabras habéis oído de boca del Señor que nos invita? ¿Quién nos invita? ¿A quiénes invitó y qué preparó? Fue el Señor que invitó a sus siervos y les preparó como alimento a sí mismo. ¿Quiñen se atreverá a comer a su Señor? Con todo, dice. «Quien me come, vive por mí». Cuando se come a Cristo, se come la vida. No se le da muerto para comerlo; al contrario, él da la vida a los muertos.

            Cuando se le come, da fuerzas, pero él no mengua. Por tanto, hermanos, no temamso comer pan por miedo a que se acabe y no encontremos después qué tomar. Comamos a Cristo; aunque comido, vive, puesto que habiendo muerto resucitó. Ni siquiera lo partimos en trozos cuando lo comemos. Así acontece, en efecto, en el sacramento.

            Los fieles saben cómo comen la carne de Cristo, cada uno recibe su parte, razón por la que a esa gracia llamamos «partes». Se le come en porciones, pero permanece todo entero; en el sacramento se le come en porciones, pero permanece íntegro en el cielo, íntegro en tu corazón. Íntegro estaba junto al Padre cuando vino a la Virgen; la llenó, pero sin apartarse de él… ¿En qué consiste comer a Cristo? No consiste sólo en comer su cuerpo en el sacramento, pues son muchos los que lo reciben indignamente. De ellos dice el Apóstol: «Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, come y bebe su condenación» (san Agustín en Sermón 132 A).

ACCIÓN.- Cantemos al Señor…

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