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A primera vista y, al encontrarnos en esta solemnidad, da la impresión de que nuestros razonamientos y argumentos no tienen nada que decir. Y, es verdad, ya que no podemos entender aunque sí creer.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 08/06/2017

Nos encontramos celebrando la solemnidad de la Santísima Trinidad y. como espresión de entrada tenemos esta oración: Dios, Padre todopoderoso que has enviado al mundo la Palabra de la verdad  y el Espíritu de santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio; concédenos porfesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa (Oración colecta). 

         Siempre, pero especialmente hoy, solemnidad de la Santísima Trinidad, podemos valorar el “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”. Ciertamente es un misterio pero su revelación adquiere tal valor en el sentido de la oración al Padre por mediación del Hijo y en el Espíritu Santo; más aún, el mismo Jesucristo nos habla de Dios como una común-unión  de amor y manifiesta el misterio de las tres divinas personas hasta el punto que lo original de esta fiesta es honrar específicamente a Dios sin tener como motivo un acontecimiento salvífico o la memoria de un santo.

         El misterio de la Santísima Trinidad nos pone de manifiesto la común-unión  de las tres divinas personas: los cristianos podemos conocer el amor al Padre, la gracia que manifiesta y comunica Dios y el hombre Jesucristo, y la comunión del Espíritu Santo, vínculo de unidad en la intimidad de Dios y en la comunidad eclesial. La conciencia de la gracia es un misterio que recibimos y que Dios nos concede creerlo. En el corazón tiende Dios a manifestarse, a nacer y a madurar para que el desarrollo de la vida interior  sea una vida espiritual llena de Dios.

         El misterio de la Trinidad es una experiencia a seguir el Espíritu de Dios que sigue actuando “a su modo” por los caminos que Él quiere y donde quiere llevarnos. Creer que somos templo de Dios es la respuesta por nuestra parte al sentirnos amados por la Trinidad. Hoy, solemnidad de la Santísima Trinidad, es un día adecuado para fomentar en nuestros corazones, en primer lugar, el santo temor de Dios que es el principio de la sabiduría. Y, junto al temor de Dios, la esperanza que hace posible que ese temor no sea miedo servil sino respeto filial. Y, finalmente, el amor que nos impulse a vivir prendidos del Padre, redimidos por el Hijo y animados por el Espíritu Santo. 

         Ante este rasgo de confianza suprema por parte de Dios nos corresponde un acatamiento rendido, un acto de fe profunda y comprometida para con Dios y Señor nuestro, único y verdadero, muy por encima de nuestra capacidad de entendimiento y de amor. Creer firmemente en Él, esperar también contra toda esperanza su ayuda y su perdón. Tratar, sobre todo, de amarle y servirle con todas las fuerzas de nuestro ser.

         Hoy  es un buen día para renovar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. Fomentar también nuestro trato en intimidad y confianza con las tres divinas Personas. Con el Padre que hizo el cielo y la tierra, con el Hijo que dio su vida por nosotros y se nos ha quedado cercano y asequible en la Eucaristía. Con el Espíritu Santo que en todo momento nos impulsa hacia Dios, la Luz que alegra nuestra vida entera.

         Estamos ante uno de los temas centrales del Evangelio. El sujeto es Dios que aquí se refiere al Padre, origen de todo misterio creador y redentor. El “amor” expressa la totalidad del ser divino. Dios es amor y el objeto y beneficiario del amor divino es el mundo, o sea, la humanidad. Y esto cambia totalmente la idea de un Dios lejano y extraño del mundo. Se trata sin duda de la Encarnación y de la entrega en la Cruz. La finalidad del envío es que la humanidad tenga vida por la fe en Él. Creer en Cristo es aceptado como Hijo de Dios y Salvador.

NUESTRA REALIDAD

         San Pablo, en un momento de constante división en la iglesia de Corinto y con signos de desunión, tiene como respuesta la “unión divina”. Las “operaciones” son atribuídas a cada Persona, ya que la gracia la remite a Cristo, el amor a Dios (Padre) y la comunión al Espíritu Santo. Si el Dios del amor y paz está en medio de la comunidad está pacificada y unida, estos dones definitivos se harán presentes definitivamente y serán generadores de unidad, de común unidad.

         Lo principal es ver que estos dones, junto con el amor, se dan en el seno de la misma Trinidad. Por eso, es de esperar que también, en el seno de la comunidad cristiana debemos trabajar y, especialmente pedir a Dios sus dones. La unidad y la diversidad en la Santísima Trinidad son el reflejo de lo que deben ser las relaciones humanas y, así la comunidad cristiana, llena de Dios, estará en condiciones de anunciarlo en el presente y en el futuro. Cristo, desde el momento que lo contemplamos como Hijo de Dios, nos remite al Padre, que nos lo entrega, y el Padre, cuando le expresamos nuestra acción de gracias, nos remite al Espíriu, que el Hijo nos da de parte del Padre. La oración trinitaria sigue la lógica del amor, compartir y comunicar.

EXAMEN y ORACION

         Al escuchar hoy el final de la segunda lectura: La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión en los dones del Espíritu Santo, estén con todos vosotros, nuestras personas deben exclamar con gozo, con fe y con una continua acción de gracias: Alabado sea el Señor. Humanamente no hay palabras para expresar el fondo ni el misterio de lo  que el apóstol Pablo escribe. Solo el misterio, la bondad infinita de Dios y su amor hacia las criaturas patentiza la Verdad.

         Sí podemos expresar a nuestro estilo la gracia que indica la bondad gratuita de Jesucristo, particularmente, en la cruz; el amor muestra la identidad de Dios y su correspondiente entrega a los hombres, la comunión es el resultado de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia, Y todo eso, por nosotros y para nosotros ¿Seremos capaces de dar paso a la bondad infinita de Dios que quiere hacernos partícipes de su amor misericordioso? Nunca mejor que recordar el Himno de hoy: Al Padre, al Hijo y al Espíritu, acorde melodía eterna, honor y gloria por los siglos canten los cielos y la tierra. Amén.

CONTEMPLACIÓN

            Busca en ti mismo; posiblemente la imagen de la Trinidad haya dejado algún vestigio de la Trinidad misma. ¿Qué imagen? Una imagen creada que dista mucho del modelo; una semajanza y una imagen que dista mucho del original. No es imagen como el Hijo, que es lo mismo que el Padre. Una cosa es la imagen que se reproduce en un espejo, y otra la que se reproduce en un hijo. En  tu hijo, tú mismo eres tu imagen. Tu hijo es lo mismo que tú en cuanto a la naturaleza. Es de tu misma sustancia, aunque es una persona diferente. El hombre no es, por tanto, una imagen como lo es el Hijo unigénito, sino que fue hecho a cierta imagen y a cierta semejanza. Busque dentro de sí algo, por si puede encontrar un conjunto de tres cosas que se pronuncien separadamente y actúen de forma inseparable. Yo buscaré; buscad conmigo. No yo en vosotros o vosotros en mí, sino vosotros dentro de vosotros mismos, y yo dentro de mí. Busquemos continuamente y exploremos  nuestra común naturaleza y sustancia…

            Vuelve, pues, la mirada a tu imagen interior. Es allí sobre todo donde se ha de buscar la semejanza de tres cosas que se manifiestan separadamente y que obren de forma inseparable. ¿Qué tiene tu mente? Si me pongo a buscar, tal vez encuentre muchas cosas; pero hay algo que salta a la vista y se comprende más fácilmente. ¿Qué tiene tu alma? «Me acuerdo». Considéralo. No pido que se me crea lo que voy a decir; no lo aceptes, si no lo encuentras en ti. Centra tu mirada, pues. Pero antes consideremos lo que se nos había pasado,  a saber, si el hombre es imagen del Hijo, o del Padre y el Hijo y también, como consecuencia, del Espíritu Santo. Dice el Génesis. «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (san Agustín en Sermón 52, 17-30).

ACCIÓN. Repitamos con fe y amor el Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

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