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La vida tiene su ritmo propio pero no solo en el tiempo sino también en la realidad que se le da desde la respuesta humana. Es claro que la fe, sobre todo, cuando tiene conciencia y fidelidad, va más allá con la respuesta humana, señala la presencia de Dios y una atención que va marcando una línea muy lejos del mero cumplimiento.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 01/02/2018

Este análisis incial tiene fondo y expresión: Nuestro Señor es grande y poderoso, su sabiduría no tiene medida. Ante esta definición de Dios que es luz y, a la vez, abre una esperanza para nosotros, cabe pensar que la grandeza del Señor penetra en nuestro corazón y nos hace vivir con Él y para Él. Si meditamos con fe profunda el contenido del evangelio de hoy descubriremos una hermosa lógica aplicable siempre al discípulo que sigue con fe a Jesús: acompañar al Maestro, escucharle y seguirle.

            Esta referencia nunca es fácil, es gracia y, además, modela el nivel de vida para no quedar en propios méritos sino desde una escucha que desde la fe puede tener sentido y respuesta verdadera a la gracia. La esperanza nueva que introduce Jesús en el mundo solo es posible proclamarla y acogerla desde la fe en un Dios que no abandona a los humildes; un Dios libre y liberador que no tiene por qué acomodarse a las pretensiones de lo poderosos ni seguir los caminos que le marcan las autoridades. A Dios le hace presente Jesús y nos muestra así cómo ha de ser la vida de todos sus dicípulos; Dios abre siempre un futuro nuevo a la historia humana, a nosotros: Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas.

            Para entender bien el evangelio de hoy necesitamos partir de Jesús. Él nos enseña  a creer que el Padre es una Presencia buena que bendice la vida y quiere la salud de toda la humanidad. Desde este misterio Jesús bendice a los enfermos y logra liberarlos del mal, proclama proféticamente la experiencia del reino de Dios que se hace realidad: vamos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido. Los creyentes debemos hacer realidad la esperanza nueva que Jesús introduce en el mundo, proclamarla y acogerla desde la fe en Dios que nunca nos abandona. Nos hace comprender que tenemos un Dios verdadero en el que ponemos la esperanza verdadera y nos enseña que nos abre las puertas del cielo.

            Mientras caminamos en la tierra surge una hermosa llamada que los apóstoles hicieron realidad para siempre, cuando dijeron a Jesús: todo el mundo te busca. ¿Hasta qué punto somos capaces de entrar en ese “todo”? Ahí está la razón y la certeza de nuestra vida, nuestra luz y nuestra esperanza. Caminar con la mirada puesta en Cristo es descubrir el amor infinito de Dios a nosotros y cómo nos quiere enseñarnos dónde está la verdad y el amor. Nuestra respuesta es la fe en el amor de Dios, pese a todo, pese al dolor, la enfermedad, la fragilidad, la provisionalidad y, lógicamente, lo imprevisto de la existencia.

RESPUESTA desde NUESTRA REALIDAD

            Queremos ser felices y soñamos siempre con la esperanza de alguna  novedad que nos saque de lo repetido, pensamos en algo más feliz y quedamos a la espera. Pero ¿de qué? Nos viene bien recordar el salmo responsorial: el Señor reconstruye, Él sana, Él sostiene… ¡Qué hermoso es hacer realidad la presencia de Dios que jamás nos deja solos! Pero, por eso mismo, la fe en el Señor suscita siempre una llamada y una novedad: nunca estamos solos y encontramos siempre la puerta abierta que nos invita a entrar y descubrir que no caminamos solos. Es bueno que meditemos y agradezcamos a Dios que nunca nos deja solos.  

ORACION

            Protege, Señor, con amor continuo a tu familia, para que al apoyarse en la sola esperanza de tu gracia del cielo, se sienta siempre fortalecida con su protección. Por Jesucristo nuestro Señor,. Amén           

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

            Curémonos, pues, hermanos… Son locos los que pierden sus cabales fuera del sueño, están aletargados los oprimidos por el mucho sueño. Los tales son ciertamente hombres. Unos quieren ser crueles con este médico y, como él, ya está sentado en el cielo, persiguen a los fieles, sus miembros, en la tierra. También a éstos los cura. Muchos de ellos se tornaron por la conversión, de enemigos en amigos; de perseguidores se convirtieron en predicadores, incluso a los judíos, que se habían ensañado contra él cuando estaba aquí en la tierra, los curó como a locos. Por ellos oró cuando pendía de la cruz con estas palabras: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen». Muchos de ellos, calmado su furor, como reprimida la locura, conocieron a Dios, conocieron a Cristo. Después de la ascensión, enviado el Espíritu Santo, se convirtieron al que crucificaron y, creyendo en el Sacramento, bebieron la sangre que derramaron con crueldad  (San Agustín en el sermón 87, 13-14).
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