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Un año que, desde la fe, tiene o puede tener, una visión plena de vida y de esperanza, necesita un planteamiento verdadero, con luz e ilusión.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 28/04/2017

Nuestra Orden es parte de la Iglesia y debe ofrecer desde su propio carisma una expresión clara de cómo se dirige en su ser y en su hacer tal como dicen  las Constituciones 1: La vida consagrada <pertenece así de una manera indiscutible a la vida y a la santidad de la Iglesia>. Curiosamente, -el texto está tomado de LG 44d- y la palabra “santidad” es la única vez que aparece en nuestras Constituciones. Providencialmente, en el Proyecto de Vida y Misión, aparte la Proclamación, sí encontramos una idea singular: Estamos llamados a crecer en santidad, en una santidad comunitaria y eclesial (Presentación del Prior General).

         Por otro lado, es providencial la orientación doble que se ha dado de una manera particular en Laudes a la Revitalización en referencia a la Santidad. Son dos puntos claros, exigentes y, sobre todo, necesarios en este momento de la historia de la Orden.

         1.- Señor, que junto con tu Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo, eres uno, concédenos la gracia de revitalizar la Orden desde la santidad de nuestras vidas. Es un reto que, si se asume en responsabilidad personal y comunitaria, caminamos según la voluntad de Dios. El proceso de revitalización de la Orden está recordándonos que, a pesar de un silencio que puede prolongarse, de un cansancio y hasta de un cierto olvido sin demasiadas esperanzas, no podemos quedarnos quietos. La Orden no puede entrar y vivir en la Revitalización si cada uno de nosotros no asumimos una vida de fe y de una fidelidad total con Dios. Delante de nuestros ojos, está el patrimonio espiritual de la Orden con la necesaria actualidad viva de espiritualidad: Comunión de vida, misión y testimonio. Y, pese a la pretensión de objetividad -necesitamos una renovación total-, tenemos miedo a plantearnos que las “cosas” (¿y nosotros?) cambien.

         En un momento providencial -¿de verdad?- este Año de Santidad debe tener muy en cuenta lo que plantean las Constituciones: la comunidad, surgida como fruto del Espíritu Santo que renueva la Iglesia sin cesar, muéstrese dócil a la acción divina y, bajo el impulso del mismo Espíritu y la guía de la Iglesia, sea fiel al evangelio y al carisma agustino recoleto, adaptándose a todos los tiempos y a todos los hombres (n. 22). No cabe duda que esta motivación no solo tiene importancia en la formación integral de cada agustino recoleto sino que fundamentalmente es el nivel de sintonía con Cristo de quien debemos ser discípulos y testigos. Y aquí es necesario aclarar algo vital y necesario: la experiencia de una mirada y garantía de amor, que nace del conocimiento y reconocimiento de Cristo, que nos convierte en personas renovadas y que nos introduce en un lenguaje de vida más sobrenatural: esta fe, alimentada por la palabra de Dios, actualizada en la liturgia, proclamada en la experiencia vital de cada día, llena de contenido teologal la vida propia y las relaciones comunitarias (CA 144).

         Recordando el proceso de Revitalización nos encontramos en un momento importante pero también peligroso: llevamos un cierto tiempo en el que la aparición al respecto de documentos sobre la Reestructuración nos sacan de un ambiente interior al que no estábamos bien acostumbrados. Y. por ello, en este momento hay un  silencio sobre la Revitalización que puede crear una amnesia duradera y una frialdad que luego es difícil de corregir por los efectos negativos que conlleva el silencio. Se impone, por lo tanto, no solo custodiar y desarrollar lo que hemos recibido como enseñanza y exigencia, sino también el profundizar con motivación sugerente y actual la firme voluntad de la Orden sobre una Revitalización.

         Nace aquí una pregunta: ¿está faltando profundización o falta testimonio vivo y expresivo que comporte recrear el fondo y las estructuras de la comunidad que se ha construido con materiales de otros tiempos? Tenemos que soñar y encontrar una nueva cantera (actualizar la experiencia de los frailes de Toledo) para extraer piedras vivas para la edificación de un ambiente religioso lleno de ilusión y de vida. La otra cantera son las piedras que en el borde del camino esperan ser utilizadas en  la costrucciòn: son los “signos de los tiempos”. Tenemos que indagar esos signos como tarea propia de la Orden con el fin de responder a los interrogantes de cada generación, percibir la presencia y los planes del Espíritu en la historia y hacer inteligible a cada uno de nosotros la verdad: el CARISMA ORIGINAL.

         De esta manera, si la cantera primera nos enlaza en la santidad, la segunda nos hace ser observadores humildes y valientes, capaces de discernir ya que es necesario poner las piedras “para cruzar el río” de la definición de la Orden. Con esta doble mirada, dejando atrás esa posible actitud estática que parece existir en este momento con el proceso de Revitalización,  exijámonos una visión dinámica y más audaz, un introducirnos en la fe viva para convencernos de ser miembros de una “familia religiosa” que comparte  en fidelidad la comunión de vida y la hace expresar en una Revitalización con insignia de santidad.

         Por encima de todo, debemos mirar la realidad de la Orden en su fundamentación y en su expresión. Al fin y al cabo, estamos en la “hora” agraciada y que quita espacio y tiempo a los profetas que siguen sentados a la vera del camino y que son los “controladores del sistema de comodidad”. Pero también es bueno creer que en la Orden hay profetas que se esfuerzan en hacer predominar el tiempo y la historia diaria con las huellas del Resucitado. Si no llega una llamada continua y alentadorea sobre la Revitalización, ¿cuándo?, y miramos hacia el pasado y nos queremos quedar llorando con los signos de resignación, renacerán los viejos ceremoniales, regresarán los superiores absolutos y se ignorará el sentido de la común- unión en la Orden y en las nuevas provincias, dando mayor atención a la restructuración  y dejando de lado la auténtica Revitalización que es lo más fundamental de la Orden, partiendo de una interioridad y comunión de vida, orientadas desde el Espíritu y que nos puede iluminar el camino hacia la santidad.

         La Revitalización no es solo renovar por fuera las formas del edificio de las nuevas provincias sino más bien caminar hacia la unidad del Espíritu y conectar los sentimientos y expectativas que deben nacer y crecer en la Orden. Hay que hacer frente, desde el espíritu y vida personal, a llevar adelante el proceso de la Revitalización por el cauce “del acontecimiento” de la conversión personal y comunitaria con el deseo y el empeño sincero de crear nuevas rutas para transitar personal y comunitariamente de un tiempo pasado (“cumpliendo” hasta la saciedad) a una nueva época de fe (santidad). En esta actitud se puede caminar hacia la reestructuración ya que la actitud primordial nacería de la riqueza del carisma agustino recoleto y con la suma de todas las voces, no de unas Comisiones; necesitamos las voces de todos los frailes y de todas las provincias -suponiendo, claro está, la base de una vida consagrada ilusionada-,  y surjan así las verdades para llegar al auténtico sentido de la Orden en todos los aspectos y no solo con palabras de momento que se pierden en el aire en vez de responsabilidad compartida. ¿Qué tal si cada agustino recoleto hiciéramos un examen de conciencia y descubriéramos si es claro en nosotros el camino hacia la santidad?

         Por supuesto que no se tratra de absolutizar la Revitalización pero al experimentar la rapidez que parece tener la reestructuración tenemos que anteponer  la primera en líneas muy concretas como el acompañamiento mutuo, la cercanía, la colaboración de espíritu, la mutua credibilidad, la escucha atenta para soltar cualquier tipo de atadura, sea interna o externa. Hay que inaugurar un renovado estilo de de conunión de vida, no vida de comunidad, y que se haga presente desde la verdad, otro estilo de misión y de nueva evangelización, un mensaje de gracia y de libertad, sin tapar la realidad y clarificando bien el sentido de una conversión interna…

         No olvidemos lo que pedimos en las Laudes: Señor que junto con tu Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo, eres uno, concédenos la gracia de revitalizar la Orden desde la santidad de nuestras vidas. Si hoy somos capaces de un examen de conciencia sobre una Revitalización personal ¿qué deducimos? Si es verdad por nuestra parte la conciencia de la Revitalización habrá que entrar en un territorio inédito que es perturbador y hasta causa molestia. El territorio inédito es una forma verdadera de despertar el letargo y ponernos a escuchar, no los cantos de sirenas, sino a la verdad plena de Dios que invita a una fidelidad sin recortes.

         Si pensamos hoy en la llamada que se nos hizo, ¿se nos hace?, sobre la Revitalización inmediatamente pensamos qué hace la Orden, que planteamientos sugiere y cuando parece que no hay, desgraciadamente, ninguna sugerencia ni tampoco una explicitación sobre cómo orientar este Año de la Santidad con la mirada puesta en la Revitalización, se aumentan los olvidos y los estancamientos. Junto al mensaje de la Revitalización aparecen muchas veces las voces en sordina para acallar las ilusiones que llamen a la nueva esperanza. No olvidemos que a través de un largo proceso de oración, los dinamismos de la Orden se iluminan por la Revitalización y fecundan el camino. Y, de esto, todos somos responsables.

         Es el momento providencial para escuchar desde el Evangelio el SÍGUEME como llamada personal y comunitaria para soñar y vivir un camino que dé luz y verdad a nuestras aspiraciones humanas y religiosas. Estemos atentos a las inercias que hacen dormir y que nos hacen quedar cómodamente en un cumplimiento y no en un camino que es el de Cristo y que prometimos, ¿también hoy? Dios es siempre la verdadera esperanza para no tener que temer el abismo. Miremos más bien con convicción y fe a las alturas (santidad) para vivir con alegría y poder gozar con Dios. A  eso nos lleva una verdadera Revitalización. (CONTINUARA).

                                                      Fr. Imanol Larrínaga oar

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