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Vivir desde el corazón lleva consiguientemente a vivir en el amor y eso hace que en el interior haya un ritmo de presencia de Dios y de oración
Fr. Imanol Larrínaga, OAROAR - 27/07/2017

Señor, que nos invitas a ser creadores de comunión, haz que el deseo de Agustín, de vivir con una sola alma y un solo corazón, se manifieste en proyectos comunitarios (Oración en el año de la santidad).. Es una oración importante y más en este momento de la Orden en el que se vislumbra como necesidad un proyecto de Revitalización y, teniendo delante una cita del Papa: Dolorosamente sabemos que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termine a lo largo o a lo corto por burocracia sosa. ¡Hay que cambiar el corazón!

         A estas horas estamos en el quinto mes del Año de la Santidad y es un momento necesario para un examen de conciencia analizando el desarrollo o el vacío de este año. A nivel  comunitario, no ha sido un tiempo en el que haya llamadlo la atención por un detalle importante y, por ello mismo, es necesario una parada (examen de conciencia) de reflexión y revisión que nos lleve a compartir la necesidad de este año y el alcance de su desarrollo. El Año de la Santidad que se ha planteado en la Orden no es sin más una idea que surgió en su momento sino de la necesidad de la vida interior, del planteamiento de una necesaria mirada al presente y al futuro que lleva a una exigencia más plena con el Señor, sobre todo, en el encuentro con el Espíritu y en la interiorización. Y esto mismo podría ofrecer un camino de recogimiento, de silencio y cercanía a Dios que nos instara a vivir con más ilusión, con más calidad interior en el espíritu y en una alegría verdadera.

         La llamada a “cambiar el corazón” es un momento necesario en la Orden y en cada uno, ya que eso conlleva dejarse mirar por Dios y que su luz nos haga ver la Luz. Este planteamiento es una llamada a un  clima de relación más cercana a Dios en la escucha, en el arrepentimiento y hasta de verdadera necesidad. El diálogo con Dios es profundo y vital, presupone vida interior, cercanía en el espíritu y silencio para que la voz del Maestro llegue al corazón y lo llene de luz. Dado que el ambiente no solo nos atrae sino que también nos consume, debemos plantearnos qué clave de interpretación  es necesaria para enfrentarnos a nuestra propia realidad cuando se opaca de la manera más subliminal el interés, la inquietud y hasta la ilusión del camino de la santidad.

         Ahora mismo, a las cinco meses en el Año de la Santidad, recordemos que el tiempo es un factor importante, aunque no documento final, para conciliar mentalidad ilusionada en la comunidad y en la provincia en una doble dirección: poner en evidencia la verdad que el carisma nos exige y, al mismo tiempo, verificar sobre la realidad una actitud sincera de escuchar la voz del Señor. Leamos y meditemos: El hombre podía ver al hombre,pero ver al hombre en Dios, no podía. ¿Por qué no podía ver a Dios? Porque le faltaba el ojo del corazón para verlo. Tenía dentro algo que estaba enfermo y algo fuera que estaba sano. Estaban sanos los ojos del cuerpo, pero enfermosl los ojos del corazón (san Agustín en Tr. sobre ev. san Juan14, 12). No se puede concebir una vida interior, una vida consagrada, sin cercanía de Dios, sin silencio interior, sin diálogo entre Dios y yo: es respirar desde el corazón el amor y la verdad.

         En este contexto hay que situar en primera línea el adentrarnos en los caminos del Señor y dejarnos conducir por el Espíritu ya que, de otra manera, vivimos agobiados y sufridos. El corazón nos sitúa en un ámbito de interioridad que facilita el diálogo con Dios y nos hace entrar  en un silencio que va más allá de nuestros juicios superficiales.

         En el Año de la Santidad se nos abre la experiencia de un corazón que se dispone a escuchar al Señor como una necesidad constante. Si el corazón está abierto, -ama-, escuchamos a Dios, su Palabra, la realidad que nos rodea siempre que los enredos de nuestra vida o las distracciones (superficialidad) del camino no nos impida gozarlo. No se puede sostener un clima de santidad  en el mismo ritmo de  vida. La santidad conlleva el respiro de un amor total, la contemplación de lo divino, el amor fraterno y la actitud abierta, -corazón abierto totalmente a Dios-, en la donación de sí mismo. Nuestra vida consagrada requiere el silencio en el que se amparan el diálogo interior, la escucha en la fe, la valoración de los dones de Dios, el regalo de la vocación y de la comunidad…, realidades en las cuales nuestro corazón debe estar abierto, pendiente y asumiendo su propia responsabilidad, al estilo de María.

         Abrir el corazón, vivir la capacidad de amar y de vivir con fidelidad, conlleva a la experiencia de vivir en el amor verdadero. Es bueno recordar: El agustino recoleto se siente referido a Dios como a fin último y único. El conocimiento y el amor de Dios, sin otra recompensa que el mismo amor, constituyen el ejercicio del <amor castus>, de la contemplación, que es el principal cuidado del religioso en esta vida y que se convertirá  en felicidad perfecta en el reino celestial (Const 9). En esta valoración de nuestra vocación agustino recoleta es exigencia vital que nuestro corazón debe estar patente y asumiendo con propia responsabilidad el amor que se manifieste en el diálogo con Dios, en la oración ante el Sagrario y ante el ejemplo de María.

         Abrir el corazón es clarificar que ha capacidad de amar y de vivir con fidelidad, conllevar y sostener la experiencia de una vida consagrada en el amor verdadero. Tal vez,  surge aquí un problemaal sentirnos mue lejos de la expresión del amor de Dios y de nuestra vinculación hacia Él. La actitud de búsqueda en este momento de la Orden, tal como se deduce del Proceso de la Revitalización, necesita llevar consigo dos referencias esenciales: la fe y la ilusión.

         Si analizamos qué posibilidad hay en nosotros de querer un cambio del corazón, hace  falta, antes de nada, buscar un horizonte: el encuentro de Dios en el silencio. Y esta experiencia de corazón abierto siempre tendrá al final sentirse afianzado al amor de Dios: Corazón limpio es lo mismo que corazón sencillo, y como es necesario tener danos los ojos del cuerpo para ver la luz natural, así no se puede verse a Dios si no está purificado aquello con que podemos percibirle (san Agustín en sermón de la Montaña 1, 2, 8). El hecho mismo de buscar al Señor en la oración resulta enriquecido porque queda lejos el yo y nos da la posibilidad  de buscar la Luz en el Camino. Necesitamos “ampliar la búsqueda”, o sea, abrir el corazón con fe y con certeza de que amamos y por eso vivimos.

         Solo así adquirimos la capacidad de leer los signos de los tiempos con la misma mirada de Cristo y así entra nuestra persona en la vida y en la historia de la Orden; más aún, experimenta la verdadera libertad, la alegría, el arrojo de la coherencia evangélica y orientamos la oración encontrando una confianza nueva en el Padre que nos hace confiar de manera nueva en lo profundo de la vida consagrada hasta el punto que llegamos a saber por Quién y para Quién vivimos y cómo, desde Él, llegamos a los demás.

         La santidad, concentrada en el cambio del corazón, constante y nueva forma de amar al estilo de Jesús, nos lleva a recordar un precioso texto agustiniano: tu Espíritu nos enciende y nos llev a lo alto; enardecemos y avanzamos. Subimos los peldaños del corazón cantando el cántico nuevo (Confesiones 13, 9, 10) y se completa el texto: con tu fuego (del Espíritu), con tu fuego bueno, nos enardecemos y avanzamos, porque avanzamos hacia arriba, hacia la paz de Jerusalén (ib.).

         Recuperar el sentido de nuestra identidad (santidad) es un primer paso para “subir los peldaños” y, para recuperar el sentido del Espíritu qjue nos ayuda a responder a la llamada de Dios en todo momento y descubrir quiénes y que nos indica que en nosotros nace el vivir desde la entrega al Reino de Dios. Así podremos ir creando en nuestro interior un ambiente de “apertura de corazón” que, a través del Espíritju, nos concede este momento providencial para dar un salto cualitativo -abrir el corazón- para priorizar el misterio de la vocación y no quedarnos en la letra.

         Estamos en un momento providencial y el abrir el corazón sería la base de la santidad en la Orden. No nos engañemos con falsas alternativas que, en definitiva, llevan a apagar el fuego aunque ahora esté todavía un tanto oculto, Hay que llegar a la luz de la esencia de la vocación agustino-recoleta y descubrir (abrir el corazón) para encontrarnos con el Dios vivo: el agustino recoleto se siente referido a Dios como a fin último y único (Confesiones 9).

            Terminando la reflexión, abro los ojos y me encuentro con la fórmula de nuestra profesión religiosa: Y, a fin de buscar con empeño la caridad perfecta, sirviendo a Dios y a la Iglesia en comunidad de hermanos, me entrego de todo corazón a esta familia, hasta hacernos nosotros una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios (Const 17). Es una síntesis del tema ya que concentra todo como gracia para definir la SANTIDAD en la Orden desde el corazón abierto, lleno de amor.

                                                             Fr . Imanol Larrinaga oar.

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