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En un proceso de Revitalización se suscitan muchas urgencias que llaman a una profunda vida contemplativa y que, a la vez, suscitan varios interrogantes en el ambiente personal y comunitario. Por otro lado, en el Año de la Santidad no es ninguna novedad plantear una exigencia en el marco de cómo vivir la experiencia de la contemplación.
Fr. Imanol Larrínaga, OAR - 29/09/2017

Basta comenzar a leer nuestras Constituciones y encontrarnos con una motivación preciosa sobre el tema: Elemento primordial del patrimonio de san Agustín es la contemplación, que es «vida bajo el amparo de Dios, vida con Dios, vida recibida de Dios, vida que es Dios mismo» (Const 10). De hecho, encontramos una urgencia que llama a una profunda vida contemplativa y a descubrir juntos la llamada particular de cada religioso y de cada comunidad.

         En un tiempo, actual en el que la Orden apresura el ritmo de una identidad y que, además, la Iglesia insiste en una recuperación de los valores que son fundamentales y que van calificando el proceso de una toma de conciencia, por precisar y exigir una respuesta, vale la pena hacer surgir a la realidad un ideal que transforme y nos incorpore a una orientación mayor en el espíritu y dejando de lado el mero cumplimiento. Más aún: vivir de forma sustancial desde el corazón y gozar de la presencia de Dios en un continuo encuentro interior.

         En un momento de Revitalización es necesario preguntar, desde nosotros, cómo se encuentra la Orden y cómo debemos ahondar en el Espíritu y si expresamos más la vocación en el interior o en los meros hechos. Si meditamos la cita de las Constituciones, encontramos antes de nada, una cordial presentación: la gracia viene de Dios y se nos ofrece en razón de una vida plena dentro de la realidad humana que está presente, en una comunidad, en la Iglesia. Tal vez, descubrimos un vacío: en la formación no hemos descubierto un aspecto maravilloso: la contemplación, o «amor castus», tiene fuerza de unión y es, de por sí, comunitaria, congrega a los hermanos, templos vivos de Dios, en comunidad de oración y de culto, dentro del cuerpo místico de Cristo (ib. 64). En el fondo, es una llamada muy necesaria para vivir y que nos orienta hacia un compromiso total. Lo dice claramente san Agustín: En la vida contemplativa no es la vacía inacción lo que uno debe amar, sino más bien la investigación o el hallazgo de la verdad, de modo que todos -activos y contemplativos- progresan en ella animando el que la ha descubierto y no poniendo reparos en comunicarla con los demás (Ciudad de Dios 19, 19).

         ¿Estamos dispuestos a “remar mar adentro”? Siendo sinceros decimos que en el tema de la Santidad estamos más fuera que dentro, estando en un plan de más y menos y, de ahí, ocurre que no revisamos el alcance de nuestro caminar según Jesús. La contemplación nos lleva a creer en una profundidad para ser más felices: Dése prioridad a los tiempos dedicados a la contemplación, la cual es una actitud humilde y perseverante para escuchar al Maestro interior (Const. 209). Para avanzar “mar adentro”, además de la oración, necesitamos el “soplo del Espíritu” que nos lleve a buscar el itinerario de las grandes etapas de nuestra navegación de manera que podamos avanzar juntos y en armonía, atentos con corazón abierto en la Orden y en nuestra historia.

         En un camino “en la Santidad” lo que importa es plasmar la vida en una obediencia a la gracia y a lo que suscita desde la fe. Lo fundamental está en un ir creando en nuestro interior una experiencia espiritual y más cercana a los hermanos. Valdría la pena situar en cada día un camino con esta expresividad: en unión con la voluntad de Dios, vuelo, canto, danzo. Pero, por encima de todo, a lo largo del camino y de la jornada, hago su voluntad. Cristo es la LUZ y la VIDA, realidades fundamentales para buscar y seguir el Camino, en Él debemos entregarnos, abandonarnos y, a la vez, desatarnos de los lazos que nos dificultan el encuentro con Jesús en la intimidad que es precisamente donde colocamos y debemos gozar del misterio del amor que jamás nos deja solos.

         En el núcleo de esta experiencia del reino de Dios que nos anuncia Jesús, encontramos algo maravilloso: imitando a san Agustín, los religiosos entréguense a la contemplación y búsqueda y difusión de la verdad: «allí donde hallé la verdad, allí hallé a un Dios, suma Verdad» (ib. 316). ¡Qué realidad más preciosa y precisa para la experiencia del camino en la Santidad!

         En un momento del Año en la Santidad nos encontramos con una realidad a la que es necesario hacer frente: nuestra mirada hacia un exterior deficiente y desgraciadamente peligrosa, nos dificulta la experiencia interior, la presencia de Dios, la búsqueda de la seguridad, el despiste…; en síntesis. “la epidemia de la fe”. No olvidemos: el religioso, al hacer profesión de pobreza, por la renuncia de sí mismo y de todos sus bienes, queda radicalmente orientado a su Creador y disponible para la contemplación y posesión del mismo Dios, bien sumo del hombre y alegría de su corazón (ib. 47). A la luz de esta enseñanza, es posible entender que, desde Dios, tenemos siempre una fuerza interior que nos lleva a la interioridad y a la común-unión con la que nuestras personas pueden y deben expresar la espiritualidad de vida agustino.recoleta y con apertura que favorezca el desarrollo y la extensión de nuestro carisma.

         A la hora de la verdad, se nos presenta muchas veces un cierto pesimismo que, en el fondo, es consecuencia de desorientación e inquietud que, en algunos casos, pueden manifestar actitudes espírituales pobres y con poco fondo de fe. Es necesario, también, llamar la atención de cómo se ignora la realidad y la importancia de la contemplación en nuestro ambiente y, como consecuencia, haya un vacío de potencia espiritual y pastoral que dificulta el misterio de la santidad que el Señor ha concedido a la vida consagrada. En un proceso de Revitalización que nos encontramos es este momento cabe preguntarnos qué es lo que el Espíritu quiere decirnos hoy ante la crisis y la falta de convicción sobre la santidad en la Orden.

         Nuestra vida consagrada tiene hoy sus propias sombras y cómo es necesario orientarnos hacia una realidad más plena y más coherente atmósfera para superar la falta de oración y de espíriu. Tenemos que ser valientes para salir de medias posturas que ni nos convencen ni nos hacen vivir en plena fidelidad. Es necesaria una pregunta; ¿camino desde mi interior o, solo, con mis pies? La pregunta tiene razón de ser y, más, cuando somos capaces de formular lo que las Constituciones reclaman: la organización externa de la comunidad debe favorecer la paz interior, el silencio del espíritu, el estudio y la piedad, de modo que en medio de las criaturas de las que usa por necesidad transitoria, el religioso mantenga el coloquio con Dios, y todo lo que haga brotar de la íntima comunión con él (n.13). De esta manera, podríamos enfrentarnos a la realidad actual de nuestra vida preguntándonos: lo indicado en las Constituciones ¿a qué nos implica? Personas que, como consagradas, tenemos a mano el poder y el deber entrar en el silencio y en la interioridad debemos manifestar, en sana lógica, la verdad del ser, del vivir y del manifestar un verdadero testimonio de la vocación agustino-recoleta.

         La fe en la vocación nos traza el camino y nos recuerda lo que es la verdad hasta el punto de sentir en nuestro interior que el amor contemplativo, además de unir las almas y los corazones en comunidad, es en sí difusivo y apostólico (ib. 23). Es necesaria una toma de conciencia y, a la vez, de una convicción de la certeza de la gracia que nunca nos falta. De otra manera, nuestra vida, que debería ser la expresión de Cristo, se convierte en una vida de estar en un lugar sin vivir desde la gracia y sin concordancia con los hermanos en el camino hacia la santidad.

         La realidad de esta reflexión no queda solo en decir que necesitamos siempre una vida de contemplación para una santidad sino que define nuestra vida consagrada en su sentido total: y así como la contempalción reune a los hermanos en la verdad y en el amor, igualmente los debe «arrebatar en el servicio de la predicación evangélica» (ib. 25). Es bueno recordar, también, que cada momento de nuestra vida consagrada no es solamente recordar lo que dicen las Constituciones sino vivir una concordancia con la gracia que el Señor nos concede para ser sus “testigos”.

         San Agustín señala una síntesis preciosa: Estaremos seguros, seguros cantaremos, seguros salmodiaremos, cuando contemplemos el deleite del Señor y protejamos su templo en aquella incorrupción, cuando sea sumida la muerte en victoria.(Comentarios a los salmos 26, 2, 14 ).

Fr. Imanol Larrinaga oar

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