El reto pastoral de acompañar a las familias que buscan a sus desaparecidos
El medio mexicano El Universal recoge esta semana un llamamiento de la Iglesia católica dirigido a quienes acompañan a las llamadas "familias buscadoras": grupos de allegados que recorren el…

El medio mexicano El Universal recoge esta semana un llamamiento de la Iglesia católica dirigido a quienes acompañan a las llamadas "familias buscadoras": grupos de allegados que recorren el territorio para localizar a personas desaparecidas. La formulación del titular no se queda en la denuncia ni en las cifras: propone "sanar su herida". Esa elección léxica conviene leerla antes que celebrarla.
Herida y búsqueda: una tensión que nombrar
Una herida no se cierra buscando; se cierra elaborando lo que la búsqueda va dejando. Cuando el acento pastoral recae en "sanar", se corre el riesgo de medicalizar el dolor y de desplazar la pregunta por la verdad que esas familias sostienen día a día. Acompañar, en cambio, exige otra arquitectura: presencia sostenida, discernimiento paciente y respeto por los ritmos del que sufre, sin convertir el consuelo en sucedáneo de la justicia pendiente. Aquí la tradición agustiniana tiene una palabra precisa. La inquietud del corazón no se resuelve con respuestas anticipadas; se sostiene en una compañía que respeta la búsqueda sin sustituirla. Quien acompaña no cura: permanece.
Lo que esta llamada exige a una comunidad religiosa
Para una familia como la nuestra, el reto no consiste en declararse disponible, sino en precisar qué tipo de presencia se ofrece. Acompañar a una familia buscadora no equivale a organizar una jornada puntual de oración ni a suscribir comunicados genéricos. Implica formarse, escuchar sin corregir, coordinarse con instancias civiles y, sobre todo, resistir la tentación de instrumentalizar el dolor ajeno en clave identitaria. La Orden, si responde, debe hacerlo desde su propio hábito: el de la interioridad compartida antes que el de la visibilidad pública. El acompañamiento serio exige discreción institucional, protocolos verificables y una voz colectiva que no compita con la de los propios afectados.
Qué conviene seguir de cerca
Queda pendiente, por ahora, el texto completo de la propuesta pastoral y los contextos diocesanos donde se desplegará. También será relevante comprobar si este llamado se traduce en protocolos estables de acompañamiento o queda en exhortación aislada, dependiente del calendario mediático. Para nuestras comunidades, la pregunta operativa ya está planteada: dónde, con quién, bajo qué criterios concretos se decide participar —y, sobre todo, qué se está dispuesto a dejar de lado para sostener una presencia real.