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Domingo Amigo: la sinodalidad religiosa debe trascender el ámbito comunitario

Según informa CONFER, Domingo Amigo, OSA, ha formulado una advertencia que obliga a precisar el lenguaje: «No basta con vivir la sinodalidad al interior de la vida religiosa».

Domingo Amigo: la sinodalidad religiosa debe trascender el ámbito comunitario

El enunciado no cuestiona la necesidad de una práctica comunitaria de escucha y participación; señala su límite cuando queda encerrada en el propio círculo.

Para nuestras comunidades, la cuestión no es añadir una palabra más al vocabulario institucional. Es clarificar el destinatario de esa sinodalidad. Si solo ordena la conversación interna, puede mejorar procedimientos sin tocar la relación con quienes quedan fuera de ellos.

Una advertencia contra el repliegue

La formulación de Domingo Amigo, recogida por CONFER, introduce una distinción necesaria. Hay una sinodalidad vivida dentro de la vida religiosa y hay una sinodalidad que no se agota en ella. Confundir ambas cosas simplifica el problema.

La vida comunitaria necesita espacios reales de escucha, discernimiento y decisión. Pero no puede tomar su propio funcionamiento como medida suficiente de su fecundidad. La comunidad no existe para administrarse mejor. Existe con una responsabilidad que la desborda.

Aquí conviene desmontar una inercia frecuente: creer que la participación está asegurada porque han hablado quienes ya forman parte de la estructura. No necesariamente. Puede haber intercambio interno y, al mismo tiempo, una distancia intacta respecto de las personas, las realidades y las preguntas a las que se dirige la misión.

Qué conviene revisar en una comunidad

La frase no ofrece un programa cerrado. Tampoco aporta, en la información disponible, medidas concretas. Precisamente por eso debe evitarse convertirla de inmediato en una consigna. Antes hace falta estructurar algunas preguntas.

¿A quién escucha de hecho la comunidad cuando discierne? ¿Qué voces están presentes solo de modo formal? ¿Qué decisiones se toman sin contraste con las personas afectadas por ellas? ¿Qué parte de nuestra inquietud comunitaria procede de una necesidad real y cuál de la costumbre de conservar un modo de hacer?

Estas preguntas no piden abandonar la interioridad. Piden darle consistencia. La interioridad agustiniana no equivale a clausura mental ni a autosuficiencia comunitaria. Exige verdad sobre lo que ocurre en nosotros y alrededor de nosotros. Sin esa verdad, la conversación puede ser ordenada y, sin embargo, no llegar a ser común.

También hay un riesgo práctico: apresurarse a crear nuevos órganos, reuniones o planes antes de identificar el problema. Más participación en el papel no garantiza una escucha más amplia. Conviene comprobar primero si los canales existentes permiten que una palabra externa modifique realmente la comprensión y la acción de la comunidad.

La prueba está fuera del circuito propio

La tesis de Amigo es breve, pero su alcance es concreto: no basta con medir la sinodalidad por la armonía interna de una institución. Debemos preguntar qué sucede cuando la comunidad sale de su propio circuito y se deja interpelar.

No se trata de diluir la identidad de la vida religiosa. Se trata de evitar que esa identidad se convierta en un límite para la gracia que busca abrir, discernir y servir. Una comunidad puede tener reglas claras, reuniones frecuentes y acuerdos compartidos; nada de ello reemplaza el encuentro con aquello que no controla.

La noticia deja, por tanto, una tarea sencilla de formular y exigente de realizar: pasar de una sinodalidad solo interna a una responsabilidad compartida que no se proteja de la realidad. Ahí se verifica si la comunidad escucha de verdad o únicamente se escucha a sí misma.