Romper el silencio: el desafío de reconocer los abusos contra las religiosas
ABC Religion & Ethics publica un análisis del equipo de investigación de la Universidad de Newcastle que documenta cómo los abusos sufridos por mujeres religiosas en la Iglesia católica han sido disfrazados con un lenguaje que los invisibiliza.

Para la Orden de Agustinos Recoletos, la cuestión no es externa: interpela a nuestras propias estructuras de gobierno, formación y escucha comunitaria.
Nombrar para reconocer
El primer dato que desmonta cualquier evasión es léxico. Registros antiguos —también los nuestros— han empleado términos como "conflicto", "problema" o "escándalo" para envolver situaciones de abuso. Esta operación lingüística no es ingenua: dificulta que las víctimas articulen lo vivido y que las comunidades identifiquen patrones repetidos. Sin palabras ajustadas no hay denuncia posible, no hay rendición de cuentas, no hay reforma de los sistemas que permiten la continuidad del daño. El caso del sacerdote jesuita esloveno Marko Rupnik, cuyas acusaciones de abuso sexual, espiritual y psicológico sobre religiosas afloraron ya en los años noventa, ilustra la mecánica descrita: quedaron ocultas por el secreto y por la convicción, arraigada en la cultura eclesial, de que la conducta abusiva sobre mujeres adultas quedaba fuera de las categorías canónicas de abuso.
La encuesta y lo que aflora
La International Survey of Catholic Women (ISCW) recabó más de 17.000 respuestas en todo el mundo; entre ellas, numerosos testimonios de mujeres religiosas. Una religiosa australiana de más de setenta años, con más de 55 de vida consagrada, declaró haber sido tratada como una persona inculta y de segunda categoría por la propia Iglesia. El proyecto Overcoming Silence, impulsado por el mismo equipo de Newcastle, busca ahora reunir la evidencia necesaria para fundamentar políticas de salvaguardia eficaces. Los movimientos #MeToo, #ChurchToo y #NunsToo han abierto grietas; la incredulidad y la negación, sin embargo, persisten.
La tarea que nos corresponde
Aquí la reflexión se vuelve incómoda. Una Orden con tradición educativa y presencia en múltiples países debe preguntarse si sus estructuras de gobierno escuchan o silencian. No basta con lamentar los casos ajenos. Las preguntas operativas son dos: ¿qué cauces reales tienen hermanas y hermanos para expresar quejas fundadas? ¿Existen protocolos verificables, o seguimos instalados en la gestión privada de "conflictos" que, en realidad, son otra cosa? La tradición agustiniana —que pondera la interioridad y la verdad del corazón, y que tanto insistió en la conversión de las costumbres— exige pasar de la buena voluntad a procedimientos auditables. Sin cauces claros, sin rendición de cuentas y sin revisión externa, la escucha comunitaria se convierte en gesto retórico. La escucha, para ser creíble, necesita método y consecuencia.